Y como dice Avril Lavigne “So much for my happy ending”.
Y por mucho tiempo, esa frase me atravesó como una verdad silenciosa. Porque yo también soñé con un final distinto. Con un papá que me eligiera. Con una historia menos rota.
Siempre pensé que salir del país fue lo que quebró la relación con mi papá. Me culpé durante años. Me convencí de que si me hubiera quedado, tal vez él habría hecho algo diferente. Tal vez me habría elegido. Tal vez habría tenido el coraje de ser papá.
Pero el duelo hace eso: te desordena las certezas y te obliga a mirar lo que evitaste por años. Y entonces entendí que una relación no se rompe solo porque alguien se va. Se rompe cuando no hay voluntad de sostenerla. No fui yo quien soltó el hilo. Él simplemente nunca lo sostuvo.
Pasé mucho tiempo atrapada en lo que la psicología llama una pérdida ambigua. Ese tipo de duelo que no tiene cierre, porque la persona no está, pero tampoco se ha ido del todo. El cuerpo ausente, pero la herida viva. Y en medio de eso, no tuve apoyo. Nadie que me ayudara a sostener el peso de esa ausencia. Mi mamá, con su inmadurez emocional, solo agrandaba el vacío. Estaba ahí, pero jamás presente de verdad.
Después de su muerte, llegó el golpe más duro: él eligió otras cosas. Y en su mundo interno, yo no ocupaba un lugar claro. No había espacio para mí sin que yo le resultara una molestia. Nunca me sostuvo. Ni siquiera en sus silencios.
Y cada día que pasaba lejos, ese vacío se expandía. Pero no era solo por lo que faltaba de él… era por lo que sobraba de ella. Estar al lado de mi mamá era vivir en un entorno donde el amor dolía, y el cuidado era un castigo.
Pero esa historia la contaré después. Hoy es sobre él. Sobre soltar una culpa que nunca fue mía. Sobre entender que el abandono no siempre es una puerta que se cierra de golpe; a veces es un goteo lento de ausencias pequeñas. De presencias a medias. De silencios que no cobijan.
Y hoy lo sé: yo merezco más que eso.
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