"I don’t need your closure"
—Taylor Swift, Closure
Después de haber pasado un tiempo en mi país de origen y regresar al lugar donde resido, volví con unas pocas cosas que quedaban de mi infancia. Traje recuerdos que siempre había anhelado tener conmigo. Recuerdos de la dulce niña que fui.
La adulta en mí volvió con sentimientos encontrados, sintiéndome sin rumbo. Todo parecía igual, pero algo dentro de mí ya no lo era. Mi niña interior y la mujer que soy ahora, ya no eran la misma persona..
Ahí comencé, poco a poco, a diferenciar entre lo que fue real, lo que viví y lo que me contaron. Empecé a ver con más claridad mis propias acciones… y las de él.
Me di cuenta de que soy una buena hija, incluso con padres llenos de errores y ausencias. Me di cuenta de que soy una buena mujer. Que mi integridad está intacta. Que mi corazón no está lleno de rabia, vacío o tristeza… sino lleno de vivencias.
Respiré hondo mientras sentía las lágrimas correr por mi cara. Me quedé con esa sensación incómoda. Ese sentimiento de rechazo. Y desde ahí entendí que nunca fui yo el problema. El problema fue él y sus vicios.
Ahí sentí paz.
Entendí tantas cosas sobre mis relaciones pasadas. Entendí que venían del trauma. Que, sin darme cuenta, siempre buscaba que alguien me escogiera… igual que mi papá nunca lo hizo.
Comprender el ciclo del abuso en un instante, y lo que provoca la adicción—ese patrón de darte un poquito y después quitártelo—me ayudó a soltar. Me ayudó a dejar ir esas migajas de amor que él me dio. Porque sus propios abusos fueron, en el fondo, el gran amor de su vida.
Solté cada relación que tuve. Porque entendí que nunca fue amor. Venía de una herida. Y una vez que pude nombrarla, una vez que comprendí su forma y su origen, solté también el dolor que vivía en mi corazón.
Y yo lo sentí así.
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